Vivimos en una sociedad fracturada, en una realidad gris donde los extremos han devorado la empatía y el entendimiento parece una utopía del pasado. Lamentablemente, esta dolorosa polarización no se limita a la política, a las redes sociales e incluso al entorno familiar; ha cruzado las fronteras para instalarse en el corazón de una de las realidades más devastadoras de nuestro tiempo: la enfermedad de Alzheimer.
El primer polo de esta división nace de la mera cercanía, separando a los que han convivido con el problema frente a los que nunca lo han tenido cerca. Quienes no lo han tenido en casa suelen ver la enfermedad como una estadística lejana o un concepto abstracto. En el extremo opuesto están los sensibilizados a la fuerza: hijos, parejas y cuidadores que ven cómo la identidad de su ser querido se desvanece gota a gota. Para estos no es un concepto; es una realidad de noches en vela, duelos en vida y un amor que se sostiene en la pura resistencia. La falta de pedagogía social mantiene a una mitad del mundo ciega ante el naufragio de la otra.
Un peldaño más arriba, en el terreno de la utilidad y la ciencia, chocan quienes rechazan el diagnóstico precoz por pragmatismo frente a quienes defienden el valor del tiempo. Existe una corriente que sostiene que, como el Alzheimer aún no tiene cura, invertir en diagnósticos tempranos o en tratamientos que no son 100% efectivos es tirar el dinero. ¿Para qué saberlo antes si el destino es el mismo?, se preguntan desde la frialdad utilitarista. Este polo ignora que un diagnóstico a tiempo es la diferencia entre ordenar una vida o dejar que la tormenta la destruya por sorpresa. Los tratamientos actuales no buscan milagros, sino arañar meses de lucidez, retrasar la dependencia y regalar mañanas conscientes. Negar esto es desahuciar al paciente en vida.
Pero la grieta más profunda y dolorosa de todas es la que divide a quienes miden la vida por su productividad frente a los que defienden la dignidad inalienable de la persona. Existe un pensamiento oscuro que pocos verbalizan pero que late en la trastienda social: la idea de que, como el Alzheimer afecta mayoritariamente a personas mayores, «ya han vivido lo suyo» y no merece la pena destinar tantos recursos a su cuidado. Es el descarte humano en su máxima expresión. Frente a este desprecio se levanta el polo de la resistencia: el de quienes recordamos que la dignidad no tiene fecha de caducidad. Una persona con Alzheimer no vale menos por no recordar su nombre. Su valor radica en su mera existencia, en su historia y en el derecho sagrado a ser respetada y amada hasta el último suspiro.
Por todo esto hemos dicho este año; El No ya No es respuesta, porque no podemos permitir que la polarización banalice el dolor ni economice el tiempo. Es hora de derribar los polos y construir un único puente firme: el de la empatía, la investigación y la dignidad.
Porque mañana, el polo del olvido podríamos ser cualquiera de nosotros.
Santiago Llopis Jover
Presidente de FEVAFA



